Cuando la vergüenza se deja en casa, eres capaz de mostrar tus pecados al mundo.
La playa es pura pasarela donde hay quien exhibe su palmito relleno como cruasán de chocolate, después de pasar horas en los espejos del backstage para que todo esté en el lugar adecuado y salir al mundo a mostrar la “supuesta perfección” sin caer en la cuenta, que el resto de mortales sabe, que detrás de esos morros o esos pechos pidiendo SOS aprisionados por apenas un trozo de tela, hay una gran mentira.
En la era donde conviven mujeres tapadas hasta las cejas con tangas de adolescente que no dejan nada a la imaginación, las madres de mi generación tenemos, antes de salir de casa, encuentros filosóficos sobre feminismo, recato y machitos sin conexiones cerebrales, como muchos de los “grandes oradores” que llevan en sus ipods.
Estar de vacaciones en la costa mediterránea lleva implícito el “saboreo” de esta maravilla que desde tan lejos vienen a disfrutar.
Los paseos por la orilla son un desfile improvisado donde todos los sentidos se deleitan:
- Con el aroma de mar ya sería suficiente, pero hay bronceadores que al cruzarse contigo, te dejan un agradable olor a zanahoria, nada que ver con el despistado con perfume lleno de disruptores que él mismo ignora.
- El verde que huele a pino con el azul turquesa del mar contrastan con cuerpos blanquitos que inician vacaciones y despiden a los tostados que ya las acaban.
- Las chicharras se convierten en tu despertador mientras las olas hacen de segundero y el sonido de los trenes te marca las horas.
- La misma arena que te masajea es la que te quema los pies en el trayecto seco hasta la escalera de madera, y contrasta con el gustazo de sentir tus dedos vivos al tocar el agua.
- En la época de mayor culto al cuerpo, esta playa es un reducto de paz donde apenas me he cruzado con una minoría de «gente de mentiras», en el otro extremo, la que es demasiado real, con sus lorzas al viento y barrigas que son pura artesanía, las mismas que en septiembre, irán a sus médic@s a pedirle la inyección mágica que les devuelva la dignidad.
En el desfile de Babel, culetes con manguitos llamando en inglés a las olas, mientras se estrenan sin pañal, culitos franceses chapoteando en la orilla y, sorteando obstáculos, el “culamen” internacional que pasea recordando cómo en algún momento de su vida también fué diminutivo. No es que no haya culos en la media, es que tus ojos se fijan en lo que quieren, mientras tus oídos se abren al italiano, al catalán y de vez en cuando, al español.
Para familias, colores, las de la cervecita y papas con esa niña que ya apunta a un IMC nada adecuado como el de sus padres, a las que te cruzas sin que puedan pueden ocultar que comparten genes hasta en el movimiento.
Lo de las parejas, otro mundo, me encanta ver a aquellas de piernas saludables que pasean de la mano como el primer día, mientras me apena ver que otras ni se dirigen la palabra cada uno con su móvil como hacen sus nietos, se lo habrán contado todo ya, o quizás no…
Aunque en el paseo puedes escuchar idiomas que no sabes ni de dónde vienen, una cosa es evidente, los berrinches en belga suenan igual que en español.